
Después de una noche de juerga por Madrid, me he despertado con ganas de hacer cosas. Por eso he decidido ponerme a escribir esta entrada. Cambiando un poquito la temática de los dos anteriores artículos, me gustaría dedicarle esta entrada a una persona que he tenido la suerte de conocer recientemente, pero con la cuál voy a perder gran parte del contacto que he tenido hasta ahora porque, pese a las promesas que casi siempre solemos hacer de que mantendremos el contacto, de que nos volveremos a ver y todas esas cosas que decimos, luego la vida nos lleva a que esas palabras queden, si no en su totalidad, en su mayor parte en palabras que se lleva el viento. Por muchas razones es lo que suele ocurrir. Unas veces por dejadez y otras por falta de tiempo.
Ayer me despedí de el que hasta ayer había sido mi "jefe" en el trabajo. El entrecomillado responde a que en realidad no era mi jefe como tal, sino más bien, de quien yo dependía ante el jefe (bueno, la jefa y no la miembra jefe). Pero ese entrecomillado también obedece a que no se le podría llamar jefe, pues para nada se le podría llamar así. Era más, se estaba convirtiendo ya en un amigo. He de decir que sólo han sido dos meses lo que he podido compartir con él, pero me han bastado para conocer y aprender mucho de una gran persona.
Y es que tenemos la imagen del jefe como de alguien por encima tuya al cual le debes respeto y "obediencia". Ese jefe que significa la autoridad. Para mí, no es este el caso.
Nunca pensé que podría entristecerme quedarme sin jefe, pero cosas de la vida, ayer mientras me despedía de él, no me salían las palabras y el ver la emoción reflejada en los ojos de quien admiras, de saber que ha sacado toda su tristeza por ese momento que tarde o temprano tenía que llegar, te lleva a esa situación de querer ser el confort, de animar, de abrazar y de poder tener algo de poder para que esa situación no se hubiese producido. Pero nadie mejor que él es quien sabe qué es lo quiere para su vida y cómo lo quiere y los demás, al menos ese es mi punto de vista, podemos aconsejar y opinar, pero nunca intentar convencer a alguien para que haga lo que a nosotros nos gustaría, por mucho que no nos guste lo que va a hacer.
Desde aquí, sólo desearle lo mejor y que todo le vaya bien.
Un abrazo Rodri!


